Bajo el sello de la editorial Corregidor, Norberto
Galasso, fecundo historiador y hombre enraizado
en la cultura nacional, es decir popular de los
argentinos, acaba de publicar Julián
Centeya, el poeta de las musas reas.
Como se sabe, Julián Centeya fue el seudónimo
más conocido del poeta Amleto Enrico Vergiati,
nacido en Parma, Italia, en 1910 y llegado a playas
argentinas doce años más tarde.
Su padre había sido periodista en el diario
socialista “Avanti”, de Parma, y se
vio obligado a emigrar con su familia ante el arrollador
avance de los “camisas negras” mussolinianos.
Al no conocer el idioma, debió ganarse la
vida entre nosotros con el bíblico oficio
de carpintero. Hay varios poemas donde su hijo lo
recuerda. El más célebre es aquel
que empieza:
“Quisiera amasijarme en la infinita / ternura
de mi barrio de purrete, /con un cielo cachuzo de
bolita / y el milagro coleao del barrilete”.
En Buenos Aires el joven Amleto cursa hasta el tercer
año en el Colegio Nacional Rivadavia, del
que también habían sido discípulos
sus amigos Cátulo Castillo y César
Tiempo. Expulsado por mala conducta, según
algunos, dejado libre por sus continuas “rabonas”,
según otros, abandona el hogar paterno y
comienza una vida azarosa, viviendo en pensiones
de mala muerte, comiendo salteado y practicando
el periodismo bohemio de la época, al tiempo
que confraterniza con poetas, prostitutas, curdas,
ladrones y cafañas en “bodegones turbios
de humo agrio” y otros antros más sombríos
de una ciudad sumida en las abyecciones sociales
y políticas de la Década Infame.
En esas andanzas por las redacciones más
diversas, usó distintos seudónimos
-Juan Sin Luna, Enrique Alvarado, Shakespeare García-
pero en 1938 escribe una milonga en que inventará
su nombre definitivo:
“Me llamo Julián Centeya, / por más
datos soy cantor. / Tuve un amor con Mireya. / Me
llamo Julián Centeya, / su seguro servidor”.
Todavía en 1941 firma como Enrique Alvarado
su libro de poemas negros El recuerdo de la enfermería
de San Jaime:
“Qué hago yo con el recuerdo de la
enfermería de San Jaime/ puesto que tú
me has dejado con el recuerdo de la enfermería
de San Jaime. / Mira: tengo la cara sucia de llanto.../
¡Ah! Si tú supieras qué triste
resulta vivir así, / siempre así,
/ teniendo entre las manos / el recuerdo de la enfermería
de San Jaime...”.
Acotemos que enfermería de San Jaime o “St.
James infirmary” llamaban los negros norteamericanos
al lugar donde se expendían bebidas alcohólicas.
Y éstas y el tabaco –para desesperación
de su mujer, Gori Omar- fueron los mejores amigos
de bohemia del poeta callejero.
En los años del peronismo -pleno empleo y
buenas remuneraciones- el peregrinar de Julián
de pensión en pensión (y de desalojo
en desalojo) se fue sosegando. Pero en 1955, pese
a que jamás ostentó pensamiento partidista
alguno, “la irresponsabilidad oficial situó
en la calle a multitud de periodistas”, y
entre ellos a él.
“Puchereó”, como lo había
hecho tantas veces en su vida, refugiándose
en el mundo del tango, presentando alguna orquesta
en un boliche, borroneando rápidas glosas
radiales. “No haber tenido nada fue su todo”,
como el mismo escribiera de su amigo Dante A. Linyera.
Por esos años lee mucho y “medita”
los poemas lunfardos de La musa mistonga, libro
que en 1964 le editan los hermanos Freeland en su
colección “Filólogos del habla
popular”. En el prólogo al mismo, Julián
revela su arte poética:
“Yo no descubro nada, menos invento. Repito.
Recuerdo. Hago, y no como ejercicio, memoria. A
ello sucede el verso, manera de revelar por fuera
lo que llevo adentro y lo hago, sí, en un
lunfa al que le confiero primitividades de historia,
no sin dejar de prestarle la oreja, a lo que tiene
de actual, de inmediato, de reciente”.
Su segundo poemario lunfa, La musa del barro, se
lo publica una editorial más distinguida,
Quetzal, y lo presenta la novelista Martha Lynch.
Para 1968 los intelectuales argentinos han empezado
a revalorizar a los escritores populares. Y Julián
lo es en grado sumo. Basta leer sus poemas “Mi
viejo”, “Pichuco” y “Atorro”,
para comprobarlo. O su estremecedor “Muerte
del punga”:
“La muerte lo pungueó en el conventillo,
/ quedó en el patio de crispada zurda; /
venía de lejo el canto de los grillos / y
entraba el tano Giacumin en curda”.
Sin olvidarnos de aquel magistral soneto a Aníbal
Troilo, por él bautizado “Bandoneón
mayor de Buenos Aires”:
“Estás en el dolor impar del amasijo
/ que refundió tu cuore en alba y luna. /
En tus manos el fueye es una cuna / y en ella desvelao
te mira un hijo. // Estás en el misterio
profundo de la cosa, / cerrás los ojos para
ver por dentro. / No sé con qué carajo
hacés la rosa/ del barro inaugural que vino
al centro.// Me verdugueás, ¿sabés?,
lleno de asombro/ cuando te escucho con la luna
al hombro / traer del tango elemental el eco //
con luz de pucho y copa levantada / en el boliche
aquel de la cortada / tan cordial y tan nuestro
como el queco”.
No volvió a publicar otro libro de poesía
y recién en 1978, póstumamente, aparecen
dos recopilados en uno: La musa maleva y el surrealista
Piel de palabra o El ojo de la baraja izquierda.
Pese a ser un hombre de tango, Julián no
escribió mas de cincuenta letras de tangos,
valses y milongas. Y a contramano de su bohemia,
su capacidad de trabajo fue inmensa. Como periodista
llegó a trabajar en cinco publicaciones a
la vez. Escribió sobre cine, deportes, costumbrismo,
tango, lunfardo, información general. Fue
glosista, animador, conductor, libretista radial
y, en sus últimos años, comentarista
televisivo. “Tarde –como él mismo
decía-, ahora que estoy flaco y fulero”.
Su novela El vaciadero -una cruda inmersión
en la quema de basura de Villa Soldati- se publicó
en 1971. Alguna vez habrá que volver a ella,
a sus breves y dramáticas escenas, a sus
personajes delineados con maestría, a la
atmósfera agobiante y tortuosa que le imponen
esas regiones marginales de Buenos Aires.
Julián Centeya murió una madrugada
de julio de 1974 en una residencia geriátrica,
solo.
Han pasado 33 años de ese día, “la
alta edad de su silencio”, como él
mismo podría haber escrito, y hoy Norberto
Galasso le rinde homenaje con este pequeño
gran libro en el que se reconstruye con arte y con
amor la estatura poética y humana del Hombre
Gris de Buenos Aires.
Como síntesis se puede afirmar que Julián
fue un poeta (y de los buenos) en el papel, pero
más lo fue en la vida. Lo mejor de su talento,
¿qué duda cabe?, quedó en el
genial chisporroteo repentista de su palabra, vertida
dispendiosamente en programas de radio, conferencias
y charlas con amigos en cafés de madrugada.
Esta anécdota que trae Galasso, ahorra cualquier
otra disquisición. Julián que como
Cátulo Castillo amaba a los perros, tuvo
uno llamado Chango que cierta vez lo mordió.
“Me mordió fulero, ¿sabés?...
Se juntaron los vecinos… Empezaron a gritar…
que estaba rabioso… Que tenía que llevarlo
al Pasteur. ¡Al Pasteur! Y yo no lo llevé…
¿Cómo iba a meter en cana a mi propio
perro…?”.
(*) Profesor en Historia (U. N. L. P.). Poeta.
Periodista. Primer Premio Círculo de Poetas
Lunfardos de Buenos Aires. Autor de Historia de
Radio Provincia de Buenos Aires y de Los Malditos,
Tomos I y II. Premio Manuel Ugarte 2006 del SIESE